Mundo grúa (Pablo Trapero, 1999) DVDRip

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Mundo grúa (Pablo Trapero, 1999) DVDRip

Notapor pere_ubu » Sab Sep 24, 2005 2:36 am

Mundo grúa


Imagen

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Argentina, 1999, 82', B&N


Dirección:
Pablo Trapero

Producción:
Lita Stantic

Guión:
Pablo Trapero

Fotografía:
Cobi Migliora

Montaje:
Nicolás Goldbart

Protagonistas:
Luis Margani, Adriana Aizemberg, Daniel Valenzuela, Roly Serrano, Graciana Chironi y Federico Esquerro.

Sinopsis:
Rulo (50 años), busca trabajo como operador de grúas de contrucción, pero debe pasar por diferentes pruebas para obtener el puesto.
Comienza una historia de amor con Adriana durante la que conoceremos el pasado exitoso de Rulo como bajista de un famoso grupo de Rock de los '70, conocido por el tema: "Paco Camorra".
Debe mantener a su madre y a su hijo Claudio (19 años), que intenta armar su propia banda de rock.
Inesperadamente, pierde la posibilidad de obtener el trabajo y deja su vida en Buenos Aires por un puesto seguro en Comodoro Rivadavia (a 2000 km.)
Luego de un largo período de adaptación, la obra se interrumpe y Rulo vuelve a Buenos Aires para empezar otra vez.


MUNDO GRUA
El neorrealista bonaerense



Mundo grúa nació treinta y cuatro cuadras después de la General Paz y todo lo que representa está resumido en una sola imagen tan perfecta, tan simple, que parece imposible que esté allí, enfrente mío, diciéndome tantas cosas sin necesidad de palabras. La imagen se reduce a un pequeño local de repuestos para autos (del tipo Chevrolet o Torino) que descansa en la paz sagrada de un mediodía feriado. Especies en extinción (la casa de repuestos, la paz sagrada) que delatan una sola cicatriz de estos tiempos. En la puerta hay un afiche de Mundo grúa.

Allí, en la avenida Provincias Unidas, en el cada vez más lejano oeste de San Justo, camuflado bajo el inocente aspecto de un local polvoriento, un sueño se convirtió en realidad. Suena cursi, si, pero no deja de ser conmovedor descubrir dónde iba a aparecer el director de cine argentino más esperado.

Un piso más arriba duerme Pablo Trapero. Ni la mamá, ni la hermana ni el padre saben que me está esperando. Están acostumbrados: Pablo no avisa. Presiento que tampoco habla. Y aunque nueve horas y cinco cassettes después me hagan suponer que logré que diga demasiado, sé que no es todo. Apenas algunas pistas sobre un chico que recibió una sobredosis de cariño familiar, un adolescente que se empachó de normalidad y un muchacho que huye de las palabras porque nunca le alcanzaron para definir sus mejores pesadillas. Pablo está ahora recién despertado, con un jean negro, una remera negra, una barba negra y una mirada marrón ennegrecida por las noticias con que lo desayuna la voz de su productora desde el celular. En el cine Monumental se suspendieron dos funciones porque se rompió la copia en plena proyección. A nadie se le rompen las copias, dice Pablo. Y tiene razón. Apenas sacás la vista de la película, apenas te descuidás, se cuelan los problemas del cine argentino, dice. Y tiene razón. Me imagino a la gente que va, saca la entrada, se sienta en su butaca y a los veinte minutos ve cómo se rompe la película, dice. Y no dice nada más, aunque la mirada está teñida por cuentas aún más negras: es feriado, no hay forma de hacer copias nuevas, es apenas la primera semana de proyección, cada copia cuesta dos mil dólares y él no tiene un peso. Hablemos, dice Pablo. Almorcemos, propongo.

Mundo grúa consumió 40 mil dólares, catorce meses de filmación y los 27 años de Pablo, completos y al contado, el cash de cada escena. Es cierto que todo en la película es ficción (es mentira, aclara Pablo) pero su intención explícita era que Mundo grúa funcionase como una cámara oculta que robara (Pablo dice afane) pedazos de la realidad. Por eso es blanco y negro. Es la única pista que te dejo para mostrar cuál es el juego, dice Pablo. En la película hay un juego aún más sutil que el escenario de la vida cotidiana de Pablo pone al descubierto. Me muestra, por ejemplo, el local de su padre y, aunque está vacío, hay voces. Es la radio. En Mundo grúa también se escuchan voces. Por ejemplo, cuando el personaje de El Rulo habla con su hijo. Casi como una música de fondo en la que un Iocutor menciona, al pasar, una palabra: Chivilcoy. El pueblo donde nació la madre de Pablo.

La casa de El Rulo es la casa de su abuela muerta, un departamento muerto que queda al lado de los cuatro ambientes de la familia Trapero. Allí están las plantas recién regadas de El Rulo, el sofá, el televisor bifuncional, el modular, la diminuta cocina, aunque en la realidad el departamento incluye un dormitorio, un lujo que el personaje no podía dar- se. Queda que la cama estuviese acá, al lado de la puerta, para mostrar la incomodidad de la vida de El Rulo, dice Pablo, resignado a explicar las reglas y el juego. El primer piso incluye una puerta más que cierra el triángulo de los Trapero. Allí vive la familia de su río muerto. Es fácil imaginar como ese pequeño universo autosuficiente comenzó a resquebrajarse a partir de un par de ausencias. Quizás el origen de Mundo grúa deba entenderse como una manera desesperada de dejar testimonio de esos fantasmas, del fin de toda una raza.

Una cuadra más allá del kiosco, que en la película atiende el personaje de Adriana, está la única pizzería abierta en el sagrado feriado de San Justo. Pablo pide asado, papas fritas, vino tinto, cigarriIlos y una tregua. Le pregunto, entonces, por una película que lo haya inspirado y menciona un título impensado: El enigma de Kaspar Hauser. Le pregunto qué libros lee y convoca sin euforia tres apellidos: Carver, Sheppard, Auster. Le pregunto por su obsesión por lo cotidiano y lanza una cata- rata de teorías rumiadas en el silencio donde se formuló todas las preguntas y encontró algunas respuestas. Me gusta la construcción de lo cotídiano, dice Pablo. No sé si los sentimientos son algo que se puedan enunciar. Simplemente se viven. Desconfío de la gente que dice soy feliz o estoy deprimido. El día del velatorio de tu vieja, el que te saluda con la frase mi más sentido pésame es el gerente del banco. Tus amigos te convidan un cigarro, dice Pablo. El tipo del que te enamoraste no lo vas a encontrar en la filmación del día de tu casamiento, sino en el gesto, quizá intrascendente, que hizo que te fijaras en él.

--Pero la gente solo filma el día del casamiento.

--Y yo aprendí a valorar eso, algo que antes despreciaba. Porque ese día, para esa gente, es importante. Y, salvo que tengas una visión muy moderna y quieras ver esa ceremonia como algo bizarro, tenés que ser capaz de reconocer que a lo que vos te da risa a otros les da emoción.

--Me imagino que cotidiano no es para vos lo mismo que costumbrista...

--No, porque cuento con algo que corre a mi favor: en este país, lo cotidiano es absurdo. Es absurdo que un equipo de fútbol se consagre campeón el día que pierde cuatro a cero. Es absurdo que, desde hace años, los maestros ayunen en el Congreso y uno pase por enfrente de la carpa como pasa por delante de un monumento. Pensálo bien: un tipo se priva de comer un mes y uno está apurado por llegar al banco. Es absurdo que un tipo, a los 50 años, tenga que empezar de cero como un pibe de 25. Soy consciente de que ese absurdo crea una tensión y, en este caso, la uso para contar la historia de El Rulo.

Dice que por eso Mundo grúa evitó las palabras y apostó a las situaciones. Eligió la descripción en lugar del discurso. Esquivó las quejas y los reproches. Pero recién cuando todas las sillas de la pizzería de San Justo (excepto las nuestras) están desnudas sobre las mesas y los mozos se parten la mandíbula con los bostezos de la siesta, Pablo dice algo más. Su fascinación por lo cotidiano surgió por una necesidad concreta. Quise entender a mi viejo, dice Pablo. Treinta años haciendo lo mismo. Bajar al negocio y subir a casa. Bajar y subir. Bajar y subir. Todos los días, treinta años seguidos. A medida que iba creciendo me iba sintiendo más distinto de mis viejos. Pero eran mis viejos, dice Pablo (y con eso da por supuesto cuánto los quiere) y eran felices y a mi me costaba creer que lo fueran. Y me preguntaba por qué eran felices. La explicación la encontré en lo cotidiano, en las cosas de todos los días, en los detalles con los que fueron construyendo su mundo, sus valores.

-Tengo una sospecha: en Mundo grúa tu papá es Torres, el amigo incondicional y desinteresado.

-Puede ser.

-Y El Rulo ¿quén es?

-El Rulo soy yo.

Ahora estamos en la via, literalmente, haciendo unas fotos en las que Pablo posa desconfiado. Atrás hay unos silos que supongo varios y al lado un perro muerto y el esqueleto de un auto destrozado. Tres hombres, con tres edades diferentes y una traza única, se acercan caminando. Uno tiene un fierro. Nadie habla. No sé cómo ni cuándo, pero Pablo está ahora parado a diez centímetros de los tipos. Les pide un cigarrillo. Y, con esa frase simple, los desarma. El abracadabra funciona. Los tipos se van y recién cuando se lo pregunto Pablo se explica. Pedir un faso es como decir no tengo un mango. No hay que demostrar miedo, dice Pablo. Es como con los perros: si se dan cuenta de que tenés miedo, te muerden (horas después me dirá: la vida también se da cuenta si tenés miedo). No se lo digo, pero me imagino de dónde sacó la escena del Rulo, tan grandote, tan frágil, intentado cruzar las tabletas del andamio, muerto de miedo por los cien metros que lo separan del piso, mientras Torres le grita la clave es no mirar nunca para abajo.

Lo que nunca imaginé es que Paco Camorra también escondía una clave. Pablo la confiesa sentado al borde de los sillones de cuero del living familiar, mientras come el helado que ayer no comió y con la sencillez con la que un mago explica lo fácil que es fabricar conejos con una galera. Pablo la revela cuando menciono la escena en la que todos (El Rulo, Adriana, Torres, el amigo mecánico) cantan un tema de Javier Martínez, el único momento de toda la película que me hizo pensar que esa generación, la generación del Rulo, era la que tendría que haber cambiado el mundo o esperar el bendito dos mil unidos o dominados. Recién entonces Pablo dice: Todos tenemos un Paco Camorra en nuestra vida.

-¿Un Paco Camorra?

-Este país tiene un Paco Camorra en su historia. Este país pudo ser mejor, tuvo sus cinco minutos de gloria y hoy convive con eso como el Rulo convive con su bajo y sus fotos ajadas. Las madres de Plaza de Mayo son el Paco Camorra de este país, si querés. Es lo único que te queda en el presente que te puede hacer intuir un pasado distinto. Porque el tipo que tuvo militancia política en lo 70 y vivió para contado hoy va a Coto, es publicista o psicoanalista, y ancla en un auto de veinte mil dólares. Esto no implica un juicio de valor. Simplemente describe el hecho de que, por lo que ves hoy, en la vida de ese tipo no podés ni siquiera arriesgar lo que fue en su pasado. No es lineal. El presente es una consecuencia absurda del pasado. En la película, Paco Camorra me servia para que El Rulo no fuese el tipo sin brillo que algunos podrían llegar a ver. Rulo no es un fracasado. Conoció el éxito y eso lo hace distinto. No está preocupado por haberlo perdido, sino por algo más corriente: el mango de cada día. Hace lo que puede y eso también lo hace distinto, porque si bien puede poco, hace todo lo que puede. Nunca menos.

-El hijo hace menos?

-El hijo funciona en la película como un flashback de El Rulo en tiempo presente. El hijo es el Rulo joven o, si querés, El Rulo puede ser el hijo de viejo.

-Una duda: ¿qué pasó con el bajo?

-Nada. Es la crítica más fuerte que me hicieron sobre el guión: que el bajo desapareciera de la historia sin ninguna explicación. Yo me encapriché con eso. No quería hablar más del bajo. Me parecía que el bajo funcionaba como una excusa para que El Rulo echase de su casa al hijo. Nada más. Una manera de demostrar que el hijo va diez metros más allá de la soga que está dispuesto a darle el padre. Quizás hubiese tenido que mostrarlo sin ningún tipo de explicación, incorporado como un objeto más dentro de una escena. ¿Te molesta mucho lo del bajo?

-Me hubiese molestado mucho más que lo per- diera o lo rompiera. Me imagino también que muchos te habrán pedido otro final...

-Yo mismo pensaba en otro final. El final original, del que hay incluso filmadas algunas escenas, era que el Rulo volvía y encontraba el kiosco de Adriana cerrado. Pensé en otros finales, por ejemplo que el hijo fuera a buscarlo a la estación, pero en cualquier caso era como seguir hablando de lo mismo. No aportaba nada nuevo. Era simplemente un epílogo como para que el público se fuera tranquilo. Y, para mí, en todo caso, lo único que pasa de nuevo es que la primera vez que el Rulo habla de sí mismo, la primera vez que se sincera con alguien, es con Sartori, un desconocido. No se puede quebrar delante de su madre, que carga con lo suyo, ni delante de sus amigos, que tienen que soportar su propio peso y sin embargo tienen resto como para ayudarlo. El Rulo está desesperado, cansado, y lo confiesa delante del tipo que menos conoce. Eso a mí me pasó muchas veces y supongo que a mucha gente también.

Pablo dice que el viaje de El Rulo al Sur funcionaba en el guión como una excusa para dejarlo solo y a solas con el espectador. Dice que la idea original era filmado en Esquel y que la realidad quedó fuera de sincro: él había escrito que la obra tenía que paralizarse y la obra de Esquel efectivamente se paralizó, pero diez idas antes de comenzar allí el rodaje. Su productora, Fiona, consiguió la alternativa de Comodoro Rivadavia, con un acueducto como protagonista. Pablo no podía elegir: esos eran los únicos quince días en que todos podían fugarse de sus realidades para sumergirse en la ficción de Mundo grúa.

Todo fue mucho mejor que lo que había imagina- do, dice Pablo. Porque Comodoro es como una proyección de San Justo. El tipo iba a hacer 2000 kilómetros para llegar de nuevo a San Justo. Me parecía increíble. Yo miraba esa ciudad y estaba fascinado. Me parecía hermosa. Moderna. Futurista. Y al resto del equipo, un espanto.

-Comodoro también puede verse como aquel símbolo del futuro que no fue...

-La película no enuncia esos símbolos, pero tiene muchos. La grúa también es un símbolo del progreso. La grúa representa eso que todos miramos como un icono de la construcción del futuro. Cuando fui a Berlín, el horizonte estaba dibujado por edificios altísimos y por grúas también altisimas que prometían futuros edificios. La historia de El Rulo no hubiese funcionado igual si él hubiera sido el encargado de hacer la mamposteria de una obra. Él quería estar en la grúa, colgado en el precipicio de la ciudad. Quería tener un lugar en el futuro, pero no cualquiera. Y no se lo dieron. Lo fue a buscar al Sur y tampoco se lo dieron.

-Es como decir no hay salida.

-Es decir no sé cuál es la salida. Es decir: los problemas son todos los que ya sabemos, pero las soluciones no.

-En la película es el sindicalista el que dice las soluciones tenemos que encontrarlas nosotros mismos. Y suena patético que esa gente tan golpeada sea, además, responsable de encontrar soluciones.

-Pero es así. Patético. Absurdo. Insuperable. Por eso mi generación está aniquilada.

En Mundo grúa, El Rulo le muestra sus fotos viejas a Adriana. En la casa de Pablo, es la mamá la encargada de desenfundar tres álbumes en donde se los ve a Pablo y a su hermana siempre sonriendo, pegaditos a sus padres, recorriendo mil paisajes en una casa rodante, perdidos en la multitud de mesas familiares infinitas, coronadas por tortas case- ras y bandejas desbordantes. Papá Trapero me dirá después que desconfió cuando su hijo le anunció que quería ser arquitecto. Si no sabe ni cómo es un ladrillo, dirá sin ánimo de descalificado. Me doy cuenta de que nunca escuchó lo que Pablo me contó antes: quiso estudiar arquitectura porque cuando era chico se divertía correteando entre las obras, el único hobby que le conoció a su padre.

Sin siquiera pedir una explicación, papá Trapero lo apoyó sin chistar, igual que cuando pagó puntualmente las cuotas de la Universidad del Cine, a la que consideraba cara y peligrosa. No conocíamos muy bien ese mundo, pero sospechábamos lo peor, dirá con la gracia de quien reconoce el tamaño de un error. Es también papá Trapero quien me cuenta que Pablo no aprobó el examen de ingreso a la Escuela de Cine de Avellaneda. Que trabajó como docente después, que coordinó las protestas de los estudiantes cuando impulsaron el proyecto de la ley de cine y que dejó colgada una materia que todavía lo espera con un examen final: Estética Cinematográfica. Ahora estamos en el auto que papá Trapero le prestó, recorriendo el circuito infernal que es cualquier avenida suburbana, en donde los semáforos brillan rojos y ausentes, porque el único que se detiene (quizá por cortesía) es Pablo. Me doy cuenta de que sabe manejar y de que nunca sonríe. Mi vieja me lo dice todo el tiempo, dice Pablo. Estoy superado. Es muy fuerte lo que me está pasando. Me da miedo que digan que la película es excelente, excelente, excelente y que, cuando el público vaya a veda, se desilusione. Por suerte creo que no pasa eso, dice Pablo.

-Y entonces te aparece un miedo nuevo.

-Y...ahora el miedo es hacerme cargo de lo que está pasando. Yo quería hacer esta película para dejar de ser el tipo que queda hacer una película. Y punto. Pero Mundo grúa trasciende un poco esa expectativa.

-¿ Te sorprende?

- No.

Pablo dice que por las características de producción de la película (filmar un fin de semana, parar tres meses esperando el dinero para retomar otro fin de semana y volver a parar) le permitió testear, pensar, volver a testear y volver a pensar todo Mundo grúa cuadro por cuadro. Cada vez que tropezaba con un amigo lo invitaba a ver un armado, dice Pablo. Dieciocho versiones de montaje de una misma toma, ida y vuelta, una y otra vez. Al final todos me escapaban. Ahora sabe que ni él ni su próxima película serán los mismos. Por eso sacude ideas sin parar, como quien ahuyenta a escobazos un mal presagio. La primera se llama Familia Rodante y a esta altura está claro de qué se trata. La segunda cuenta la reunión de los sesenta integrantes de su familia en un tenedor libre de la ruta a Chivilcoy. La tercera es la que vale y se la calla. Apenas da unas pistas. La Carpa docente, una maestra ayunante, un conflicto amoroso. Y basta.

Es que no estoy seguro de contar esta historia. No quiero parecer oportunista, dice Pablo.

En la puerta del cine Santa Fe lo espera el acomodador de la sala. El hombre grita:

-Vamos que me quiero ir a casa.

Adentro hay cuatro espectadores. Cuatro. Pablo pregunta por la función anterior. Le dan un número: 167. Y ahora cuatro, dice Pablo. Un eterno silencio de apenas un segundo mide la altura de la cornisa en la que Pablo está parado. Cuatro, repite. Y el acomodador sonríe.

-Es un milagro, si todavía faltan cuarenta minutos para que empiece la función.

Ese lunes feriado, a las nueve y veinte de la noche, ciento cuarenta y cuatro personas se acomodaron en sus butacas para convertirse en testigos de la historia de El Rulo y en protagonistas de un milagro: en esa sala se juega parte del destino de Mundo grúa. Es la única que mantiene la película en la calle, dice Pablo. Y señala el afiche estampado en las puertas de vidrio y la lógica de un mercado que convirtió a los shoppings en anónimos aeropuertos desde donde, a cada hora, despegan miles de espectadores hacia docenas de destinos. Ayer mismo, dice Pablo, fui a Showcenter con toda mi familia. Toda: desde la abuela hasta los primos. Era el día del padre y fue, justamente, su papá el que le regaló un susto. Se descompuso apenas terminada la función. Lo llevaron al Hospital Italiano. Pensaron en un infarto. Era una indigestión.

Pablo dice que muchas veces piensa que su vida es una mala película. No lo dice, pero seguramente ahora su peor pesadilla es esa: cómo cuernos hacer para que por muchos, demasiados años, siga siendo perfecta y simplemente así.

elamante.com
abril 1999



:flecha: eD2K link mundo.grua.pablo.trapero.xvid.dvdrip.RR.avi

Buscando en la mula encontré este ripeo que resultó se de ronalrigan de DXC.
En su momento la película tuvo defensores y detractores, para mí es una de las mejores argentinas de los últimos diez años.
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Notapor leolo » Vie Oct 28, 2005 5:20 pm

Bajando en cuanto haga hueco.

Gracias.

Salud.
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Notapor qz_inactivo_0842 » Dom Nov 18, 2007 9:05 pm

"Helena" escribió aquí:


Hola! :yuju:

Me encanta esta peli. . . muchas gracias. . . espero ansiosa poder verla!
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Notapor rrreeevvv » Vie Nov 23, 2007 1:39 pm

Una gran película.
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Notapor Feve » Sab Nov 24, 2007 12:28 am

ya que se reflotó el hilo, aprovecho a bajarla

gracias
Pues ahora que ya nos hemos visto -dijo el Unicornio-, si tú crees en mí, yo creeré en ti.
¿Te conviene el trato?.
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Notapor Nickcave30 » Sab Nov 24, 2007 12:51 am

Una de las que siempre he querido ver y por alguna razón siempre he pospuesto. Aprovecho para pinchar ahora, gracias, Pere :amo:
"Una canción son tres notas; no, sólo dos; no, una sola nota basta, si es la más pura de todas" (Monique Serf-Barbara)
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Notapor euridoco » Sab Nov 24, 2007 2:41 pm

Yo también me apunto !!
Gracias !! :adios:
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