Bela Tarr (1955-2026)

Nacido en Pécs, inició su trayectoria con un realismo áspero en Családi tüzfészek (Nido familiar, 1979), pero fue en la madurez donde consolidó su lenguaje: el monumento Sátántangó (1994) y piezas como Werckmeister Harmonies (2000) fijaron un horizonte estético que influyó a generaciones de cineastas y cinéfilos. En ese trayecto fueron clave sus colaboraciones con el escritor László Krasznahorkai y con Ágnes Hranitzky, montajista y compañera creativa constante. Su último largometraje de ficción, A torinói ló (El caballo de Turín, 2011), fue leído como testamento: un cine crepuscular donde el mundo se apaga sin estridencia, solo por agotamiento moral. Tras retirarse de la ficción, Tarr se dedicó a la formación y al trabajo institucional, impulsando una escuela internacional en Sarajevo y manteniendo una voz pública combativa frente a los giros autoritarios y el uso instrumental de la cultura. Con su muerte se cierra una filmografía breve en cantidad, pero inmensa en consecuencias: el cine como experiencia física del tiempo, como paisaje del derrumbe y como obstinación moral ante la intemperie.
Que la tierra te sea leve, Bela